domingo, 14 de junio de 2009

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viernes, 14 de noviembre de 2008

Ahora sí.... el sexismo

Pido, en principio, una disculpa por la prolongada ausencia. Tengo muchas excusas y todas ellas son ciertas, pero no creo que a nadie le interesen, así que... al grano. Continuaré, como lo prometí hace ya un par de meses, con el sexismo en la crianza y educación de lxs niñxs.

Parto de la convicción de que es una práctica generalizada el criar y educar de manera sexista, y de que ésta es una situación que afecta no solo a nuestras niñas sino también a los niños. Sin embargo, estoy convencida, también, de que es en nuestras niñas en quienes el sexismo tiene efectos devastadores (y quisiera estar exagerando al usar esa palabra, pero, por desgracia, no es así). Muchos estudios llevados a cabo por psicólogxs y sociólogxs, han encontrado que prácticamente todas las niñas muestran una baja notable en su autoestima y en su seguridad en sí mismas alrededor de los 11 y los 13 años. Y no son pocos los estudios que comparan el concepto de sí mismxs que tienen los niños y las niñas, y que encuentran que el de ellos es invariablemente más alto que el de ellas. Un ejemplo: en un estudio, se les preguntó a niños y niñas qué tan bien pensaban que iban a salir en una determinada prueba de habilidad; todos los niños pensaron que saldrían mejor de lo que al final salieron, mientras que todas las niñas pensaron que su desempeño sería más pobre de lo que finalmente fue. De hecho, en realidad no hubo mucha diferencia en los resultados que obtuvieron niñas y niños en la prueba, pero sí la hubo en la confianza que unas y otras demostraron en su habilidad para realizarla. La cuestión es que, el sexismo en nuestra sociedad induce a nuestras niñas a convertirse en mujeres pasivas, dependientes, inseguras, temerosas, débiles, indefensas, incapaces de defender sus opiniones y convicciones, preocupadas por agradar y complacer, y obsesionadas por su aspecto. Aunque el sexismo afecte también a los niños, lo hace de otro modo; en este caso, los presiona a cumplir con expectativas que quizá no puedan llenar, ya que se espera de ellos proactividad, independencia, seguridad, valentía, fuerza, capacidad de proteger a lxs más débiles (las mujeres, claro); se les pide que tengan una opinión sobre todo tema importante y que sepan defenderla, y que, encima de todo, se sepan “conseguir” una mujer “guapa” para que los “sirva”. Si a las mujeres se les prepara para ser dominadas, subestimadas, oprimidas, explotadas, abusadas... perdedoras, ellos deben ser quienes dominan, oprimen, explotan y abusan, para ser considerados, entonces, “ganadores”.

Cuando hablo de esto, normalmente se me acusa de “feminista” (para quien lo dice, es un insulto, claro), de exagerada, y de no vivir en el siglo XXI. Como ya hay doctoras, abogadas, ingenieras y hasta presidentas, el sexismo es considerado por muchxs (especialmente, por muchos hombres), cosa del pasado. Y lo peor es cuando otras mujeres me dicen que ellas no han sufrido ningún tipo de discriminación ni opresión en razón de su género. Casi siempre, quien lo dice es una mujer que es tan ostensiblemente víctima del sexismo, que ya ni lo nota. El otro día, por ejemplo, Janice, Gala y yo fuimos a una ceremonia de los Hare Krishnas. (Como parte de su educación, nos gusta exponer a Gala a una diversidad de creencias y manifestaciones culturales.) Una vez terminada la ceremonia, una de las devotas (como de nuestra edad) se acercó a platicar con nosotras. Al cabo de un rato del intento de adoctrinamiento de la chava, Janice le preguntó si había sexismo en su religión, si la mujer estaba subordinada al hombre, si tenía las mismas oportunidades, etc. Ella afirmó que la mujer, en su religión, gozaba de plena igualdad y que era tratada con el mismo respeto y consideración que el hombre. Entonces, se acercó un Hare Krishna  y se dirigió a ella llamándola “madre”. Élla le contestó, y lo llamó “prabu”. Cuando le preguntamos qué significaban esos nombres, ella nos dijo que, en su religión, todas las mujeres eran llamadas “madre”, porque esa es la función de la mujer, “para eso nacimos todas”, dijo. ¿Y “prabu”?, preguntó Janice. La chava respondió que ese es el nombre que se les da a todos los varones y que quiere decir “mi señor”... Sin comentarios.

Generalmente, las mujeres que afirman que ya no hay sexismo son chavas que agradecen las migajas que el sistema “generosamente” les otorga para poderse desempeñar personal y profesionalmente y que llaman a eso “igualdad de oportunidades”, y que ni siquiera se percatan de que el reparto de las tareas en su “hogar” no es equitativo; y, por supuesto, nunca se han preguntado por qué ellas tienen que someterse a dietas y tratamientos para mantenerse “jóvenes y en línea”, mientras que sus adorados esposos se ven cada vez más calvos y  panzones y no hacen nada por evitarlo.

En fin... seguiré con esto de la crianza y educación sexistas (y no sexistas) en otro post. Prometo, ahora sí, escribir con regularidad. Gracias por su paciencia.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Escúchanos en Litsa Radio

Sí, ya sé que hace más de un mes que no posteo... Sin embargo, tengo buenas razones, y la promesa de que, a partir de la semana que entra, volveré a subir un artículo por lo menos semanalmente. Sólo les cuento que he tenido muchísimo trabajo porque...
- mi niña cumplió 4 años el pasado 27 de septiembre, y sus mamás estamos organizándole una fiestecita para el próximo sábado, lo cual nos tiene trabajando a marchas forzadas,
- estamos haciendo un programa de radio... "Las Desobedientes. Madres libertarias ecofeministas: el cambio social empieza en la casa". La semana pasada fue el primer programa y mañana martes será el segundo. Si pueden, escúchenos, todos los martes de 11 a 12 am (hora del DF), o la repetición, los miércoles de 7 a 8 pm, por www.litsaradio.com
- trabajo, trabajo... también tengo que comer...
- he estado armando algunos proyectos del Círculo de Familias Diversas; en cuanto vayan estando listos, les iré platicando...
En fin, prometo, ahora sí, la semana entrante seguir con aquello del sexismo, y contarles cómo nos fue en la fiesta de mi niña...
Mientras tanto, no dejen de escucharnos a Janice y a mí en Las Desobedientes...

jueves, 21 de agosto de 2008

Adultismo. Cuarta y, ahora sí, última parte

Ahora sí, éste es el último de los artículos dedicados al Adultismo.

Uno de los lugares donde Janice y yo hemos detectado el adultismo de manera más descarada, exagerada e impune es en los restaurantes. Y para ello generalmente no hace falta más que pasar 10 minutos en el lugar. Veamos...
Una de las situaciones más notorias es cuando la o el hostess preguntan por el número de personas que somos. Para ellxs es muy claro que “personas” no incluye “niñxs”, especialmente si dichos seres (ya que no son personas) no están aún en edad de consumir sus propios platos y, por lo tanto, no son lucrativos para el establecimiento. Más de una vez hemos dicho “Tres personas” (Janice, Gala y yo), y nos hemos dado cuenta de que la persona que asigna las mesas escribe en su libreta “2”, e incluso se nos han asignado mesas que son claramente para dos personas, a las cuales simplemente les arriman una silla alta para la niña.
Y hablando de silla alta, es frecuente en muchos restaurantes la ausencia de instalaciones y mobiliario adecuado para lxs niñxs. Y estoy hablando de restaurantes de todo tipo, desde fondas hasta restaurantes de esos caros, caros. Para mí es claro que si en un lugar no tienen ni siquiera la cortesía de ofrecer sillas para lxs niñxs, es porque no esperan que haya niñxs entre sus comensales; es decir, lxs niñxs no son bienvenidos. ¿Discriminación?
Otro detalle, pero ya sabemos que los detalles dicen muchas cosas: la manteleta o el servicio. En no pocos lugares nos hemos encontrado con que la/el meserx decide que Gala no necesita manteleta ni cubiertos. O sea, nos ponen el servicio a nosotras, y dejan el espacio frente a Gala vacío. Todavía no entiendo la lógica de esto. ¿Será porque asumen que una niña de cuatro años que va con sus mamás al restaurante seguramente nada más va a verlas comer y no le encuentran el sentido a ensuciar sus cubiertos poniéndoselos a un ser que solamente va a jugar con ellos y ni siquiera va a consumir? Y dicho ser, por supuesto, no necesita platito para el pan ni vaso para el agua, ni una cucharita –ni siquiera de ésas para café- para el caso de que sus mamás decidan compartir con ella algo de lo que ellas ordenaron.
Y todavía no llegamos a la carta. Está de más decir que los restaurantes donde ocurren situaciones como las arriba descritas ni siquiera cuentan con una carta para niñxs. (Aunque he sido testiga de contradicciones como el que haya menú infantil pero no sillas altas, por ejemplo.) Y en los lugares donde tienen menú infantil... oh, decepción. Parece ser que, según casi la totalidad de lxs restauranterxs, lxs niñxs solamente comen carnes frías, pseudoalimentos fritos o empanizados, sopa de pollo y postres. Y éstas son las opciones que se dan para lxs niñxs incluso en los restaurantes de comida exótica o étnica, o en los de cocina internacional. Por supuesto, a nadie se le ocurriría llevar a una niña a un restaurante árabe a comer humus, jocoque, tabule o falafel, o a un lugar hindú a comer pakooras, samosas, dhal o pulao; por eso, lxs sabixs administradores de esos lugares han decidido ofrecer en sus menús para niñxs hamburguesas de res o pollo (y como es carne molida, en realidad nunca se sabe), hot dogs, sincronizadas, papas fritas, nuggets, la ya mencionada sopita de ave de corral, malteadas, hot cakes con helado y un par de cosas más por el estilo. En mi opinión, un menú infantil verdaderamente equitativo, incluyente y respetuoso de lxs niñxs debería ofrecer los mismos platillos que ofrece para lxs adultxs, en porciones más pequeñas y, si acaso, omitir o moderar el picante en los platillos que lo llevan. Eso es, al menos, lo que me encantaría encontrar en un restaurante. Porque, además, si Janice y yo vamos con Gala a un lugar con comida distinta a la mexicana es porque exponer a Gala a la diversidad cultural (y culinaria), no a que coma comida basura mientras nosotras disfrutamos de nuestros alimentos cuidadosamente preparados.
La mejor solución que he encontrado al respecto son los buffets, ya que en ellos lxs niñxs tienen la posibilidad de escoger qué comer y en qué cantidad y además, no tienen que esperar a que les tomen la orden y les preparen el platillo, lo cual puede ser desesperante cuando eres niñx y tienes hambre y ganas de comer lo más rápido posible para hacer cosas más interesantes. Los buffets ofrecen dos ventajas más: dan la posibilidad a lxs niñxs (y lxs adultxs) de descubrir una diversidad de platillos que de otra manera quizá no probarían y, por si fuera poco, le dan oportunidad al/a la niñx de sentirse autosuficiente si lxs mamás o papás no interfieren y le dejan servirse él/ella solitx. Aquí en el DF hay varios buffets vegetarianos (tres buenísimos y un par más no tanto), y nosotras somos asiduas de ellos. A Gala le encantan y, como la dejamos servirse sola y cargar su plato hasta la mesa, siempre sorprende a lxs otrxs comensales, tanto por lo “bien” que come como por su autonomía. A nosotras no nos interesa impresionar a lxs demás parroquianxs del buffet, pero secretamente también nos sentimos felices y orgullosas.
Debo aclarar que comencé a escribir este post la semana pasada (de hecho, éste es el post que debí haber enviado al blog hace siete días), pero afortunadamente no tuve tiempo de subirlo a la red. Me alegro de ello porque ayer visitamos Janice y yo un “restaurante para niñxs” que está en la colonia Condesa. Habíamos visto el letrero varias veces, pero ayer tuvimos tiempo y posibilidad de detenernos a conocer el lugar y el concepto, y así lo hicimos. Cuando vi las instalaciones, francamente me emocioné. Se trata de un espacio que retoma los principios del método Montessori, así que todo es real y todo está proporcionado al tamaño de lxs niñxs. Básicamente es un restaurante donde lxs niñxs pueden ir, sentarse a una mesita, ordenar y comer ellxs solitxs. Luego, pasan a otra área a hacer una manualidad y finalmente, van a la cocina (todo en ella está adecuado a tamaño infantil) a preparar algo (el día que fuimos habían preparado pan). Todo esto dura dos horas. Las mamás o papás no están presentes y, si desean permanecer en las instalaciones, hay un espacio especial para ellxs. Todo me sonaba bastante bien (aunque debo confesar que no soy partidaria de las manualidades), pero cuando vi la carta, me desilusioné: la misma basura frita y empanizada de siempre. La verdad ya estaba pensando en llevar un día a Gala con una o dos amiguitas, pero así, francamente ni de chiste... Sin embargo, como decía al principio del párrafo, me alegro de haber posteado hasta ahora, para poder incluir este comentario sobre el “restaurante para niñxs” que prometía mucho pero se quedó sólo en eso: promesa.

Y pasando a otra cosa, pero aún en el tema del adultismo (y ahora sí, para concluirlo), quiero decir algo sobre la ropa. De hecho, aprovecharé este comentario para introducir el tema que voy a tratar durante las próximas semanas: el sexismo. Uno de los aspectos en los cuales se refleja la opresión social no solamente por edad sino también por género es el vestido. Lxs adultxs sometemos a lxs niñxs haciéndoles ponerse ropa incómoda y obligándolxs a mantenerse limpixs, lo cual en muchas ocasiones les impide jugar a sus anchas y a veces, estoy segura es causa de “mal comportamiento” (si no estás de acuerdo, piensa cómo te sientes y te comportas cuando te aprietan los zapatos o la ropa interior, por ejemplo). Sin embargo, en esto de la ropa son las niñas quienes se llevan la peor parte. De alguna manera, socialmente creemos que los niños “son niños” y que es normal que se ensucien y se vean un poco desaliñados. Sin embargo, nos gusta que nuestras niñas se vean siempre “lindas”, “coquetas”, “impecables”... “como princesas”. (Sólo de escribirlo me está empezando a dar asco.) De modo que les compramos los vestidos más “bonitos” (y a quién le preocupa lo incómodo... que se vaya acostumbrando) e incluso, zapatillas con taconcito. Las pobres niñas así sometidas no pueden jugar a gusto, y si se atreven a probar sus fuerzas y sus habilidades con sus pares del género masculino, es casi seguro que pierdan, dado lo inapropiado de su vestuario. Una niña con vestido y zapatillas no puede correr bien, ni andar en patines o bicicleta; no puede escalar, trepar, rodar por el suelo... vaya, ni lanzarse por la resbaladilla, columpiarse o jugar en el sube y baja, porque “se le ven los calzones”. Para mí no cabe duda que una niña que desde pequeña es sometida de esa manera en lo relacionado con su apariencia, cuando crece es de esperarse que no tenga broncas para someterse a los “dictados de la moda” y a las imposiciones sociales que consideran que las mujeres deben carecer de vello en la mayor parte de su cuerpo, corresponder a cierto estereotipo sobre las dimensiones y proporciones de su anatomía, usar tacones, incomodísimas pantimedias y brasieres push-up, teñirse el cabello, maquillarse, y un muy largo etcétera. Lo peor de todo, desde mi punto de vista, es que la moda actual “para niñas” consta, en la mayoría de las veces, de reproducciones en pequeño de la ropa para mujeres adultas jóvenes, diseñada para hacerlas ver “sexy” y resaltar ciertas partes de su cuerpo. Personalmente, me parece perverso hacer que una niña se vista así. Como adultas, podemos decidir más o menos conscientemente si queremos usar una determinada prenda y sabemos cuándo y con qué intención nos la ponemos. Sin embargo, he visto mamás que sin la menor conciencia visten a sus niñas con ombligueras, pantalones entallados (de esos que quedan a la cadera y vienen pintados para simular desgaste en el área de las nalgas), los ya mencionados taconcitos, e incluso playeritas con comentarios malintencionados en doble sentido. Yo me considero una mujer liberal y no muy prejuiciada, pero francamente esa ropa me parece inadecuada para una niña que no es capaz de comprender a cabalidad las implicaciones de lo que se pone. Reitero que estoy igualmente en contra de la ropa cursi y aniñada porque también me parece perversa (aunque de otra manera). Sinceramente creo que lo mejor es comprar a nuestras niñas ropa “de niño”: las tallas vienen más amplias, es más cómoda, los diseños me parecen más interesantes e, incluso, creo que hasta dura más. Como casi toda la ropa que Gala tiene ahorita ha sido regalo de sus primas, tías, abuelitas, etc., debo confesar que hay en su armario bastantes cosas que yo nunca le habría comprado. Sin embargo, Janice y yo hemos procurado que tenga varias pijamas térmicas (que, como son blancas, Gala usa como “pants de yoga”) que son muy cómodas y Gala adora usar, así como al menos un par de pantalones cómodos (de niño). Nunca le imponemos qué ropa debe usar, y cuando escoge uno de esos lindos vestidos que tanto nos disgustan, nos mordemos los labios y luego sonreímos: la verdad es que sí se ve “pre-cio-sa”, y sabemos que, cuando le estorbe o le incomode no dudará en quitárselo y reemplazarlo por algo más adecuado a sus necesidades.

Nos leemos, pues, la próxima semana para entrar de lleno al tema del sexismo en la educación de nuestrxs niñxs.
No olviden dejar un comentario...

viernes, 1 de agosto de 2008

Adultismo, tercera (y última –espero-) parte

Bueno, continúo pues con los artículos sobre adultismo, y confieso que tengo la firme intención de terminar ya con este tema para poder seguir con otros que también me muero por abordar; sin embargo, uno de mis defectos/virtudes es que soy muy obsesiva y apasionada, y mi “clavadez” me impide soltar este tema... a ver si lo consigo.

Prometí que en este post hablaría sobre algunas maneras en las que podemos reducir nuestro propio adultismo y darles su lugar a lxs niñxs y jóvenes. Antes de continuar con esto, sin embargo, quiero mencionar algunos de los efectos que el adultismo tiene sobre lxs niñxs. Son, en realidad, los efectos que cualquier tipo de opresión tiene sobre quienes la sufren:

· mina su auto-confianza y su autoestima;
· les crea un sentimiento de falta de valía o de inferioridad;
· les crea un sentimiento de falta de poder;
· les hace sentir que no son tomadxs en serio;
· les construye un auto-concepto negativo;
· en algunos casos, puede generar en ellxs un comportamiento destructivo o auto-destructivo;
· puede generarles enfermedades psicosomáticas (depresión, etc.) e incluso llevarlxs a un intento de suicidio;

Bueno, ahora sí , pongo a su disposición una extensa lista de maneras en que podemos intentar ser más justxs, solidarixs y respetuosxs con lxs niñxs. Ojalá que les sea de utilidad.

1. Cambiar nuestros paradigmas negativos sobre lxs niñxs y tratar de entender sus comportamientos y actitudes desde su punto de vista. Muchas veces lxs niñxs se “portan mal” porque están cansadxs o tienen hambre, o se sienten solxs, aburridxs, ignoradxs, no para hacernos enojar, desafiarnxs o “darnos lata”. Con esto no hablo de justificar el “mal comportamiento”, pero sí darle su justa dimensión y aprender a distinguir lo que verdaderamente es una actitud negativa y lo que simplemente es manifestación de algo más. En este sentido, podría incluso decir que los términos que emplee más arriba (“portarse mal”, “mal comportamiento”), generalmente son términos que lxs adultxs utilizamos para describir lo que pasa cuando un/a niñx hace algo que no nos gusta o no nos conviene, no necesariamente algo intrínsecamente “malo”. Creo que ambos son términos que deberíamos de erradicar de nuestro vocabulario y reemplazarlos por otros más precisos que verdaderamente describan lo ocurrido y no meramente lo califiquen. Lo mismo ocurre con el verbo “desobedecer”. No lo usamos con adultxs ni cuando hablamos de iguales, ¿verdad? Y si analizamos, la mayoría de las veces que decimos que la/el niñx “desobedece” es porque no hace lo que queremos, sino lo que ella/él quiere. Se trata, entonces, de un conflicto de intereses y, como tal, lo que vendría al caso sería negociar una solución en la que ambas partes ganen algo. Por desgracia, lo que generalmente hacemos es tratar de imponer nuestro capricho sobre el de la/el niñx y nos enfrascamos en una lucha de poder muchas veces absurda. Creo que es importante que consideremos que, como nosotrxs, lxs niñxs hacen las cosas para satisfacer sus necesidades. Muchas veces no nos va a gustar lo que lxs niñxs hagan, pero hay que procurar ver su comportamiento como algo que la/el niñx hace para sí mismx, no contra nosotrxs. Creo que, vistos desde esta óptica, muy pocos de los comportamientos que generalmente consideramos “problemáticos” lo son de verdad.

2. Considerar a lxs niñxs como nuestrxs iguales, y tratarlxs así. Hay que procurar ser más coherentes y congruentes en el trato que damos a niñxs y adultxs. Un consejo que a Janice y a mí nos ha funcionado es que cuando no sabemos cómo reaccionar ante algo relacionado con Gala, pensamos qué haríamos en una situación similar con una amiga (o incluso, con nuestrx jefx), o cómo nos gustaría que nos trataran si estuviéramos en su lugar. Por ejemplo: si estamos en una cena y derramamos el líquido de un vaso, ¿nos gustaría que nos gritaran, humillaran e insultaran o que nos trataran con amabilidad y nos ayudaran a limpiar? ¿Y si la que derramó el vaso fue tu amiga o tu jefa? Yo personalmente le debo más respeto y consideración a mi hija que al jefe de Janice, y algo que me encanta es que, como hemos acostumbrado a nuestra hija a ser bien tratada, cuando en algún momento perdemos la paciencia o le decimos de manera fea “ahora lo limpias”, ella de inmediato nos demuestra su desagrado con nuestra reacción y, por ejemplo, si lo iba a limpiar, ya no lo limpia. Le molesta mucho sentirse humillada o puesta en evidencia y es algo que no tolera... Muchas veces siento que invertimos lxs primeros años de su vida en “educarla” y ahora es ella quien nos está “educando” a nosotras, recordándonos, cuando se nos “olvida”, la manera adecuada de tratarla. Aunque en realidad la idea es que nos veamos como seres humanxs tratando con otrxs seres humanxs y aprendiendo unxs de otrxs y no como “papás y mamás” “educando” a lxs “hijxs” (o viceversa). Algunas preguntas que vale la pena hacernos son:

· ¿Trataría a un(a) adultx de esta manera?
· ¿Le hablaría a un(a) adultx con este tono de voz?
· ¿Le arrebataría esto a un(a) adultx?
· ¿Tomaría esta decisión por un(a) adultx?
· ¿Esperaría (o le pediría) esto de un(a) adultx?
· ¿Limitaría el comportamiento de un(a) adultx de esta manera?
· ¿Escucharía el problema de un amigo adulto de esta misma manera?

Otro consejo que entraría aquí mismo es: si no podemos imaginar cómo trataríamos a una amiga en una situación similar (hay cosas que definitivamente NO van a hacer las amigas, ¿de acuerdo?), tratemos de pensar qué haríamos si en vez de hijx nuestrx fuera la/el hijx de una amiga o de la jefa. Nunca hay que tratar a nuestrxs hijxs como no nos gustaría que lxs tratara otra persona o como nosotrxs mismxs no trataríamos a lxs hijxs de alguien más.

3. Estoy segura de que este consejo será polémico, pero estoy dispuesta a tirarme al ruedo porque a Janice y a mí nos ha funcionado de maravilla: dejar que, a veces, lxs niñxs se “salgan con la suya”. Hay que darles pequeñas concesiones y saltarnos las reglas de vez en cuando. Esta es una experiencia necesaria para el desarrollo de la personalidad de lxs niñxs que les enseñará que no son un mero” juguete del destino” (o de las imposiciones de sus mamás), sino que pueden hacer algo, desear algo, conseguir algo, influir en lxs demás, y que sus opiniones y puntos de vista son escuchados y tomados en cuenta. Hay que enseñar a lxs niñxs a exponer con claridad y de manera respetuosa su punto de vista y cuando lo hagan, considerar darles lo que piden. A Janice y a mí nos encanta este consejo porque lo hemos seguido con Gala desde muy pequeña y, aunque a veces no puede evitar perder el control y hacer un berrinchito (así, chiquito), ya sabe que la única manera de –probablemente- obtener lo que desea es negociar de manera serena, clara y respetuosa... ¡y lo hace! Y la verdad es que escucharla exponer sus razones, su lógica, su punto de vista a sus escasos tres años es un regalo. Y además, cuando decidimos no ceder, por la razón que sea (se la explicamos), Gala está más dispuesta a comprender, porque sabe que nuestra negativa debe tener una buena justificación y no es mero afán de fastidiar. Ya sé que hay muchas personas que creen firmemente que nunca hay que ceder con lxs niñxs, porque “nos perderán el respeto” y “si cedemos una vez, tendremos que ceder siempre”. Sin embargo, la vida no es así. Un gobierno o una empresa que no negocia con lxs ciudadanxs o lxs empleadxs inconformes, respectivamente, es un gobierno/empresa autoritarix, tiránico, dictatorial, antidemocráticx e... ineficaz.

4. Hay que procurar ser verdaderamente incluyentes con lxs niñxs. Pedirles su opinión en las decisiones de la familia y especialmente en aquellas que les conciernen y afectan directamente. Hay que hacerlxs parte de nuestras conversaciones, escucharlxs con la misma atención con que escuchamos a lxs adultxs, darles validez a sus pensamientos, experiencias y sentimientos, y apoyar sus iniciativas.

5. Es importante también darles información correcta y precisa sobre la manera en que funciona el mundo: nuestras experiencias, las relaciones humanas y el sexo, las contribuciones de lxs jóvenes a la humanidad, y otros temas que les puedan interesar. Es claro que debemos adecuar la información al interés y la comprensión de la/el niñx, pero eso no quiere decir que debamos mentirles ni ocultarles información.

Antes de concluir, una aclaración: sé que quienes me leen tienen criterio, pero creo que no está de más aclarar que se vale saltarse algunos de estos consejos si está en riesgo la seguridad y el bienestar de la/el niñx, o si la/el niñx está amenazando la seguridad/bienestar/integridad de alguien o algo. Nuestro criterio en casa es: si no le hace daño a la niña, ni a otra persona, animal o planta, y si no produce daños terribles e irreparables en las cosas inanimadas... va.

En nuestra familia, Janice y yo hemos implementado la política de no hacer con Gala nada que no nos haríamos nosotras o que no le haríamos a un/a adultx. Y esto incluye no escoger la ropa que se pone, no obligarla a comer lo que no quiere, no “castigarla” por no “obedecer”, etc. y sí, en cambio, respetar y tomar en cuenta sus sugerencias, sus opiniones, incluso sus críticas. No considero que estemos “malcriando” a Gala, ni que la disciplina en casa sea “laxa”. Por el contrario, la estamos enseñando a tomar sus propias decisiones de manera consciente, a hacerse responsable de las consecuencias de sus elecciones, a respetar de la misma manera que se le respeta a ella, y a considerar que sus actos tienen repercusión en las demás personas. Gala, a sus tres años y medio, sabe lo que es ser respetada, sabe que su opinión es tan valiosa como la de cualquiera, y que ciertas decisiones –las relacionadas con su persona- sólo le conciernen a ella, aunque a lxs demás no nos guste lo que ella haya decidido. Cuenta, ya lo sabe, con nuestro apoyo, con nuestro consejo, con nuestra guía, pero sabe también que tiene poder y control sobre su vida y que las decisiones que toma, son responsabilidad suya. En nuestra casa hay pocas reglas, y cabe mencionar que éstas incluyen expectativas mutuas, es decir, que tanto Gala como nosotras estamos obligadas a cumplirlas. Prácticamente las únicas reglas no negociables en casa son:
- Todas los miembras de la familia se deben tratar entre sí con nada menos que absoluto respeto.
- Las decisiones y acciones que se efectúen deben tomar en cuenta el bienestar de todas.

Ya sé que hay quienes no estarán de acuerdo conmigo, y sé que hay quien podrán argumentar a favor de tal o cual “método” con el cual podríamos lograr que Gala comiera mejor, durmiera más, se “portara mejor”, “obedeciera”, etc. Sin embargo, si esos métodos van en contra de la individualidad de mi hija, su autoestima, su seguridad en sí misma, su creatividad... No gracias. Así la quiero; es más, así me encanta.

... y... lo siento... no lo logré. Tengo todavía algo que me importa decir en lo relacionado con el adultismo. Son dos cosas. Pero como otra vez me quedó ya muy largo este post, será la semana que entra. Ese sí, prometo, será el último post sobre adultismo y pasaremos entonces a hablar de la pesadilla de las mamás lesbianas feministas... ya saben cuál es.

Espero sus comentarios, opiniones, sugerencias, o cualquier señal de vida del otro lado de la computadora...

martes, 29 de julio de 2008

HOY Círculo de Familias Diversas en Los Martes de Enkidu

Ojalá que puedan asistir...

Boletin de Prensa

BOLETÍN DE MEDIOS
FSC ESC LMTA 030-00708- A
ENKIDU MAGAZINE


I N V I T A C I O N

Al jefe de la sección cultural,
periodistas y reporteros gráficos:

A Las Comunidades:

"Círculo de Familias Diversas" y "La selección mexicana de la diversidad sexual (Trigay)"
en Los Martes de Enkidu en ContempoCinema
(en el corazón de la Zona Rosa, primer piso de la "Plaza del Ángel" -entradas por Londres # 161 y/o Hamburgo #150-)

Este Martes 29 de julio de 2008 a partir de las 20:00 Hrs.
Este Martes de Magazine tendremos una invitación especial para conocer a la organización Círculo de Familias Diversas, un colectivo de madres lesbianas, artistas y activistas interesadas en crear y fortalecer vínculos con otras familias diversas que busquen generar soluciones a las problemáticas específicas de nuestras familias. El grupo esta basado en la ciudad de México donde tienen reniones semanales. Este martes 28 de julio tendremos con nosotros a Ema Villanueva, coordinadora del grupo para charlar sobre su trabajo en la organizacion.
Les invitamos a conocer la página del grupo:
http://madresypadreslgbt.blogspot.com/

a continuación, Andoni Bello, presidente de la asociación civil: La selección mexicana de la diversidad sexual (Trigay) nos hablará sobre sus experiencias y su trabajo en México y sobre el Mundial de Futbol Gay en agosto en Londres: El pasado 13 de junio el Notario Público N° 4 a nivel federal formalizó el acta constitutiva de la Selección Mexicana de Fútbol de la Diversidad, TRI GAY, AC, y días más tarde, el 4 de julio la agrupación concretó el trámite de inscripción de la Asociación Civil al Registro Federal de Contribuyentes. Trigay, compitió hace un año en el Mundial Gay de Argentina y ahora viaja el equipo a Londres en agosto próximo para el Mundial de Futbol Gay.
Se invita a que los medios y el público en general hagan preguntas, sugerencias y comentarios a los invitados a Los Martes de Enkidu. La Presentación tendrá lugar el martes 29 de julio a las 20:00 horas en ContempoCinema (Plaza del Angel, Primer Piso, Zona Rosa -entradas por Londres # 161 y/o Hamburgo #150-

* Si te interesa la Historia, el deporte, las familias diversas, el dialogo, el humor inteligente, y si deseas conocer un poco mås sobre quienes han luchado por un México más igualitario y justo para tod@s, !NO TE LO PUEDES PERDER!

No faltes

Entrada Libre

¡Un evento Gratuito, Abierto a Todo Público!

Agradecemos a los medios de comunicación por su participación y solidaridad.

Para más información:

Dr. Lars Ivar Owesen-Lein Borge
Coordinador Académico - Enkidu Magazine
Antropólogo Cultural - Johann Wolfgang Goethe Universität, Frankfurt am Main
Director General - Enkidu Magazine
liowlb@enkidumagazine.com
Ciudad de México
(55) 5546 1532

Contacto para entrevistas: Agustín Villalpando 044 55 1330 2240
http://www.enkidumagazine.com

* Página de Los Martes de Enkidu:
http://enkidumagazine.com/losmartes.htm

* Noticias cada dia, todo el año, en Enkidu Magazine
http://www.enkidumagazine.com/

martes, 22 de julio de 2008

Adultismo, segunda parte

Sigo con el tema del adultismo, pero antes quiero comentar el por qué escribo sobre esto en un blog sobre diversidad familiar. Como madres, uno de las cuestiones más importantes para nosotras es la crianza de nuestra hija y, especialmente como madres de una niñA y como familia no convencional, nos interesa empoderarla y darle las herramientas para oponerse y enfrentarse a la discriminación y exclusión que inevitablemente vivirá en algún momento. Janice y yo coincidimos con que “lo personal es político”, y estamos convencidas de que la crianza y educación de lxs niñxs tienen implicaciones políticas muy importantes. Una de las estrategias que hemos encontrado para enseñarle a no someterse es, justamente, no someterla. Y es aquí cuando entra en juego esto del adultismo.

Quiero compartir con ustedes algunos fragmentos que retomé y adapté (ligeramente) del libro Bésame Mucho, de Carlos González. La idea es ejemplificar y darnos cuenta de cómo usamos parámetros diferentes para nosotrxs –lxs adultxs- y para lxs niñxs:

Imagina que estás con tu pareja sentada en un café y que se acerca una persona desconocida, te saluda y te dice un par de tonterías sobre el clima, y a continuación se sienta a la mesa y se pone a hablar con tu pareja. Durante dos horas, esa persona y tu pareja se miran a los ojos y hablan de sus cosas, sin dedicarte una palabra ni una mirada. ¿Cómo te sentirías? No importa si la persona en cuestión es guapísima o más bien “sin chiste”. Puedo asegurar que te sentirías, por lo menos, «excluida» o «ignorada» y el comportamiento de tu pareja te parecería, por lo menos, grosero. En cambio, cuando somos nosotrxs quienes le hacemos eso a nuestrxs niñxs, esperamos que se “comporten”, que sean “pacientes” y “tolerantes” y que “no molesten” y nos dejen platicar a gusto. No importa si se los hacemos realemente durante dos horas o durante unos cuantos minutos, el tiempo es relativo y lxs niñxs lo perciben diferente.

Otro:

Jaime se considera un buen esposo y un padre tolerante, pero hay cosas que le hacen perder los estribos. Sonia tiene un carácter difícil, nunca obedece y encima es respondona. Se «olvida» de hacer la cama, aunque se lo recuerdes veinte veces. Es caprichosa con la comida; las cosas que no le gustan, ni las prueba. Cuando le apagas la tele, la vuelve a encender sin siquiera mirarte. Te saca dinero de la cartera, ni siquiera se molesta en pedirlo por favor. Interrumpe constantemente las conversaciones. Cuando se enfada (lo que ocurre con frecuencia), se pone a llorar y se va corriendo a su habitación dando un portazo. A veces se encierra en el cuarto de baño; en esos momentos, ningún razonamiento consigue tranquilizarla. De hecho, una vez Jaime tuvo que abrir la puerta del baño a patadas. Pero lo que realmente saca a Jaime de quicio es que le falte al respeto. Anoche, por ejemplo, Sonia cogió unos papeles del escritorio para dibujar algo. «Te he dicho que no cojas los papeles del escritorio sin pedir permiso», le dijo Jaime. «¿Pero qué te has creído? ¡Yo cojo los papeles que me da la gana!», respondió Sonia. Jaime le pegó un bofetón, gritando: «¡No me hables así. Pide perdón ahora mismo!»; pero Sonia, lejos de reconocer su falta, le plantó cara con todo desparpajo: «¡Pide perdón tú!» Jaime le volvió a dar un bofetón, y entonces ella le gritó un insulto y salió corriendo. Jaime tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para contenerse y no seguirla. En estos casos es mejor calmarse y contar lentamente hasta diez. Por supuesto, Sonia estará castigada en casa todo el fin de semana.
Hasta aquí la historia. Supongamos ahora que Sonia tiene siete años y Jaime es su padre. ¿Qué opinas? ¿No te parece que en una situación así cualquiera puede perder la paciencia y que la reacción agresiva de Jaime podría justificarse? ¿Se podría denunciar a este padre ante el DIF por pegar una bofetada a una niña que, por cierto, se lo tenía bien merecido? Tal vez incluso estés pensando que una niña nunca habría llegado a ser tan desobediente y respondona si le hubieran dado una buena bofetada hace tiempo. Esta situación parece típica de niños malcriados por padres permisivos que no saben establecer límites claros, que no imponen la necesaria disciplina.
¿Y si yo te dijera que Sonia tiene en realidad diecisiete años y que Jaime es su padre? ¿Cambia eso algo? Repasa la historia a la luz de este nuevo dato. ¿Te parece tal vez que es demasiado grande para pegarle, para apagarle la tele o para hacerle pedir permiso antes de coger una simple hoja de papel? ¿Te parece adecuado que un padre abra a patadas la puerta del baño donde está su hija de diecisiete años? ¿Empiezas tal vez a sospechar que se trata de un padre obsesivo, tiránico y violento, y que la respuesta de su hija es lógica y comprensible?
Y si es así, ¿por qué esta diferencia? Reflexiona unos momentos sobre los criterios que has usado para juzgar a este padre y a esta hija. ¿Están lxs niñxs pequeñxs más obligadxs que lxs adolescentes a respetar las cosas de lxs mayores, a recordar y cumplir las órdenes, a obedecer sonrientes y sin rechistar, a hablar con amabilidad y respeto aunque por dentro estén enfadados, a mantener la calma y no llorar ni dar escenas? ¿Son más perjudiciales los gritos y los golpes para el/la adolescente que para el/la niñx pequeñx?
Pero todavía queda una posibilidad aún más inquietante. ¿Y si yo te digo ahora que Sonia tiene veintisiete años y que Jaime es su marido? (No, no estoy haciendo trampa. Vuelve a leer la historia: en ningún momento había escrito que Sonia fuera la hija.) ¿Te parece normal que un marido le apague la tele a su esposa «porque ya has visto suficiente», que le ordene hacer la cama, que la obligue a comérselo todo, que le prohíba tomar un papel o que le pegue una bofetada? ¿Sigues pensando que Jaime es un buen marido, pero que el carácter difícil de Sonia le hace perder a veces los estribos? ¿Acaso no es un derecho y un deber de cualquier marido corregir a su esposa y moldear su carácter, recurriendo si es preciso al castigo? ¿Acaso no juró ella, ante Dios y ante los hombres, respetar y obedecer a su marido? ¿Ha de intervenir el Estado en un asunto estrictamente privado?
¿Por qué al leer por vez primera la historia de Jaime y Sonia pensaste que Sonia era una niña? Pues precisamente porque Jaime le gritaba y le pegaba. Inconscientemente, has pensado: «Si la trata así, debe ser su hija. » No se nos ocurre que se pueda tratar así a un(a) adultx, lo mismo que al leer las palabras «ataque racista» en un titular, no se nos ocurre pensar que las víctimas puedan ser suecas.

Y el último, sobre esta cuestión que nos preocupa tanto a las mamás y papás, de enseñar a nuestrxs hijxs a “compartir”:

Isabel, no llega a dos años, juega en el parque con su cubeta, su palita y su pelota, bajo la atenta y cariñosa mirada de mamá. Claro, como le faltan manos, en ese momento sólo la pala está bajo su posesión directa, y la cubeta y la pelota yacen a cierta distancia. Se acerca un niño desconocido, más o menos del mismo tamaño, se sienta al lado de Isabel y sin mediar palabra agarra la pelota. Isabel llevaba diez minutos sin hacer ningún caso de la pelota, y en un principio sigue tan tranquila dando golpes en el suelo con su pala. ¿Tan tranquila? Un/a observador/a atentx habrá notado que los golpes son un poco más fuertes, y que Isabel vigila la pelota por el rabillo del ojo. El recién llegado, por su parte, parece plenamente consciente de que pisa terreno resbaladizo; aparta la pelota, observa el efecto, la vuelve a acercar... Para que no haya lugar a malentendidos, Isabel advierte: «¡É mía!»; y al poco se cree obligada a especificar: «¡Pelota é mía!» El intruso, que aparentemente todavía no domina las frases de tres palabras (o tal vez, simplemente, prefiere no comprometerse), se limita a repetir: «¡Pelota, peloooota, pota!» Temerosa sin duda de que estas palabras equivalgan a una reclamación de propiedad, Isabel decide recuperar la plena posesión de su pelotita verde. El intruso no ofrece demasiada resistencia, pero en un descuido logra quedarse con la cubeta. Isabel juega unos minutos, satisfecha con la pelota recién recuperada, pero de pronto parece inquieta. ¿Y la cubeta? ¡Pero a dónde vamos a llegar!
Y así podemos pasar media tarde. Unas veces, Isabel cederá de buen grado, durante unos minutos, el disfrute de alguna de sus posesiones. Otras veces lo tolerará de mal grado. Otras no lo tolerará en absoluto. En ocasiones, ella misma ofrecerá al otro niño su propia pala a cambio de su propia cubeta. Puede haber algunos llantos y gritos por ambas partes; pero, en todo caso, es probable que su nuevo «amigo» consiga bastantes minutos de juego relativamente pacífico.
Es muy posible también que ambas madres intervengan. Y aquí se produce un hecho muy extraño: en vez de defender como una leona a su cría, cada madre se pone de parte del/a otrx niñx. «Isabel, déjale la pala a este niño.» «Vamos, Pedrito, devuélvele a esta niña su pala.» En el mejor de los casos, la cosa quedará en suaves exhortaciones; pero no pocas veces las madres compiten en una loca carrera de generosidad (¡qué fácil es ser generoso con la pala de otro!): «¡Ya está bien, Isabel, si te vas a portar así, mamá se enfada!» «¡Pedrito, pide perdón ahora mismo, o nos vamos!» «¡Déjelo, señora, que juegue, que juegue con la pala! Es que esta niña es una egoísta...» «¡Uy, pues el mío es tremendo! Tengo que estar todo el día detrás, porque siempre está quitándoles las cosas a otros niños...» Y así acaban los dos castigados, como pequeños países en conflicto que podrían haber llegado fácilmente a un acuerdo amistoso si no hubieran intervenido las dos superpotencias.
Escenas como ésta, mil veces repetidas, hacen que a veces consideremos egoístas a nuestros hijos. Nosotros compartiríamos sin dudarlo una pala de plástico y una pelota de goma. Pero, ¿realmente somos más generosos que ellos, o es que los juguetes nos tienen sin cuidado?
Es preciso poner las cosas en perspectiva. Imagina que eres tú la que está sentada en un banco del parque escuchando música. A tu lado, sobre el banco, está tu bolso sobre un periódico doblado. En esto se acerca un desconocido, se sienta a tu lado y sin mediar palabra se pone a leer tu periódico. Poco después deja el periódico (¡abierto y tirado por el suelo!), coge tu bolso, lo abre, examina su interior... ¿Sabrías compartir? ¿Cuánto tardarías en decirle cuatro cosas al desconocido, o en agarrar el bolso y salir corriendo? Si ves pasar a lo lejos a un policía, ¿no le llamarías? Imagina ahora que el policía se acerca y te dice:
—Ya está bien, déjale el bolso a este señor, o me enfado. Usted perdone, caballero, es que esta mujer todavía no sabe compartir... ¿Le gusta el teléfono móvil? Llame, llame a donde quiera... ¡Tú calla, mujer, como sigas protestando vas a ver!
Nuestra disposición a compartir depende de tres factores: qué prestarnos, a quién y durante cuánto tiempo. A un/a compañerx de trabajo le podemos prestar un libro durante semanas, pero nos molesta que un/a desconocidx nos toque el periódico sin pedir permiso. Sólo a un/a amiga del alma o a un/a pariente le prestaríamos nuestro coche para ir a dar una vuelta. Un niño pequeño tiene pocas posesiones, y una cubeta, una pala o una pelota son tan importantes para él como para nosotros un bolso, una computadora o un celular. El tiempo se le hace largo, y prestar un juguete durante unos minutos le resulta tan difícil como a su p/madre prestar el coche durante unos días. Y también distingue entre amigxs y desconocidxs, aunque no nos demos cuenta. Desde el punto de vista de un adulto, cualquier niñx de dos años, indefensx y desvalidx, es un/a «amiguitx». Pero cuando mides menos de un metro, un/a niñx de dos años es un/a desconocidx, y puede que incluso un/a «individux con sospechosas intenciones».

Resulta claro con ejemplos como éstos, que tenemos parámetros diferentes en nuestras sociedad para lxs adultxs y para lxs niños. Nuestra sociedad no trata a los niños con el mismo respeto que a lxs adultxs, y considera sus opiniones, sus intereses, sus sentimientos y sus deseos tan válidos o tan importantes como los de lxs adultxs. Uno de los aspectos en que esto es más claro es en el caso de la violencia, física y psicológica. La mayoría de nosotrxs tenemos posturas muy claras sobre la violencia, y estamos en contra de los golpes hacia las mujeres y de la tortura en las prisiones. Sin embargo, muchas personas (e incluso muchos libros de “crianza”) siguen sosteniendo la postura de “una bofetada a tiempo...”, e incluso he leído capítulos enteros dedicados a la importante cuestión de “cómo decidir cuándo es oportuno castigar (léase golpear, encerrar, ignorar, etc.) al/a niñx”. Cuando se trata de lxs niñxs, como sociedad toleramos dosis increíbles de violencia y, en muchas ocasiones, la ejercemos, justificándonos con frases como: “es por su bien”, “no me pude contener, me sacó de quicio”, o incluso “a mí me duele más que al/la niñx”.

El adultismo es algo tan enraizado en nuestro inconsciente que, así como la “homo/lesbofobia internalizada”, también existe el “adultismo internalizado”, en el cual lxs niñxs y jóvenes mismxs dan más importancia a lxs adultxs, dudan de su propio valor, conocimientos y habilidades y, claro, discriminan a otrxs niñxs y jóvenes.

El término “adultismo” (adultism) fue acuñado y definido por Jack Flasher en 1978. Flasher identificó más de 30 varias creencias y comportamientos “adultistas” muy comunes. Entre ellos:
· Considerar como capricho, “mal comportamiento”, “malcriamiento” o “teatro” conductas, comportamientos o actitudes del/a niñx que aceptaríamos como normales y legítimas si las realizara un/a adultx.
· Poner etiquetas y/o estereotipar negativamente a lxs niñxs y jóvenes: decir que lxs niñxs son crueles, manipuladores, egoístas, etc.
· Considerar triviales las creencias, perspectivas o sentimientos de lxs niñxs. No tomarlos en serio o ignorarlxs.
· No incluir a lxs niñxs y jóvenes en las decisiones de la casa, de la escuela, de la comunidad, de la ciudad, etc. aunque se trate de decisiones los afecten directamente.
· Negar sus derechos o subordinarlos a los de lxs adultxs.
· Sermonearlos, darles órdenes, decirles cómo hacer las cosas.
· Invadir su intimidad o privacidad corporal (dándoles palmaditas, pellizcos de cachete, obligándolxs a dar besos, etc.)
· Darle prioridad al trabajo, necesidades e intereses del/a adultx sobre el juego, las necesidades e intereses del/a niñx.
· Invadir sus espacios, sus posesiones.
· Imponerles nuestros intereses.
· Hablar sobre lxs niñxs enfrente de ellxs como si no estuvieran presentes.
· No escucharlos y prestarles la misma atención con la que escucharíamos a un/a adultx.
· Negarles el acceso a la información, restringírselo, o darles información equivocada, con la creencia de que son inmaduros o incapaces de entenderla o usarla “apropiadamente”.
· Impedir su autonomía, independencia y empoderamiento individual o colectivo.
· Traicionar la confianza de lxs niñxs (por ejemplo, contando sus intimidades y secretos).
· Faltarles al respeto (de la manera que sea).
· Obligarles a hacer cosas que no desean.
· Criticar sus elecciones (en cuanto a ropa, por ejemplo) y su apariencia.
· Desconfiar de ellos sólo por ser niñxs o jóvenes
· Mediante el paternalismo: creer que los niños son vulnerables, dependientes, débiles, necesitados de protección y control, y que necesitan que lxs adultos tomen decisiones por ellxs “por su propio bien”.
· Pensar que nuestra obligación como mamás/papás es “domesticarlxs”, “socializarlos”, etc. para hacerlxs “personas de provecho”.
· Pensar que necesitan castigos para aprender, que sólo entienden con gritos y golpes, etc.
·Hacer comentarios como:
§ “Si hasta parece adulta!”
§ “¿Cuando crecerás?”
§ “No lo toques, lo vas a romper.”
§ “¿Quién va a saber más, un/a niñx o yo (adultx)?.”
§ “Mientras estés en mi casa y yo te mantenga, lo harás a mi manera.”
§ “No entiende nada.” (sobre un bebé)
§ “Ya estás muy grande para eso.” o “No estás lo suficientemente grande para eso.”
§ “Tú qué sabes, no has vivido nada.”
§ “Es solo una etapa, ya se le pasará.”

Bueno, y como ya me quedó muy largo este post, dejo el resto de la nota sobre adultismo para la semana que viene, donde abordaré algunas maneras de combatir nuestro propio adultismo y de educar a nuestrxs hijxs sin oprimirlxs ni discriminarlxs.

Espero sus comentarios...

jueves, 17 de julio de 2008

Adultismo

Prometí que iba a escribir una serie de posts sobre la opresión/dominación a que nuestra sociedad y el sistema someten a quienes no están del lado “favorecido” de los binomios hombre/mujer, adultx/niñx, blanco/de color, rico/pobre, etc. Pues un poco tarde porque he tenido mucho trabajo y no he podido dedicarme a escribir, les hago llegar el primero...

El tema que elegí para empezar es el adultismo.
La mayoría de las personas están familiarizadas con los grandes “ismos” de la opresión social: el racismo, el sexismo, el clasismo... Muchxs de nosotrxs tratamos de entender el impacto de estas opresiones y, por lo menos, de no perpetuarlas. Pero hay un grupo cuya opresión nos es prácticamente invisible: la de lxs niñxs y jóvenes. Y eso, a pesar de que esa es la opresión que sufrimxs todxs desde muy temprano en nuestras vidas y de manera muy fuerte, y que continuamos padeciendo hasta que nos convertimos en adultxs y comenzamos a oprimir a los más jóvenes.
Aunque usar la palabra «opresión» cuando hablamos de nuestras relaciones con lxs niñxs puede parecer inapropiado y desproporcionado, lo cierto es que oprimimos a los niñxs, pero preferimos decir que los formamos, encauzamos o educamos.
A excepción quizá de lxs presxs, lxs niños y jóvenes son el grupo más controlado de nuestra sociedad. Les decimos qué comer, qué ropa usar, cuándo ir a dormir, cuándo pueden hablar, que tienen que ir a la escuela y a qué escuela, qué amigos aprobamos, y a qué hora tienen que esta en la casa. Lxs adultxs nos reservamos el derecho de ignorar sus opiniones, de castigarlxs, amenazarlxs, golpearlxs, quitarles derechos y “privilegios”, etc. Si tratáramos así a algún otro grupo, nos parecería terrible, sin embargo, tratar a lxs niñxs (especialmente, cuando son “nuestrxs” niñxs) de esa manera se considera no solo aceptable, sino incluso, normal.
A la opresión de lxs niñxs por los adultxs se le llama “adultismo”. El término “adultism” empieza a ser conocido entre los activistas y en castellano, “adultismo” es prácticamente un neologismo. Resulta interesante comentar que hace un año cuando realicé una búsqueda en internet sobre adultimo para mi programa de tv, sólo encontré sitios en inglés y prácticamente ninguno en español. Hoy puse “adultismo” en google, y arrojó unos 3,000 resultados. Lo cierto es que los diccionarios en español no tienen ninguna palabra para hacer referencia a todas las actitudes y comportamientos negativos que lxs adultxs proyectan en lxs niñxs (con base en la asunción de que lxs adultxs son mejores que lxs niñxs) o a la discriminación y al trato desigual que se otorga a lxs niñxs con respecto a lxs adultxs.
El adultismo opera tanto en el hogar como en la sociedad en su conjunto, y está entretejido en la base misma de nuestras instituciones. Por ejemplo, se puede ver en la manera en que estructuramos nuestro sistema educativo y las leyes que otorgan plenitud de derechos y ciudadanía sólo a los “mayores de edad”. El sistema educativo como institución perpetúa el adultismo. Por ley, se fuerza a lxs niñxs a asistir a la escuela durante, por lo menos, 12 años, sin importar sus deseos, intereses, personalidad, tipo de inteligencia, etc. Social, económica y políticamente, no se les otorgan a lxs niñxs y jóvenes roles de responsabilidad y productividad, ya que en nuestra sociedad lxs niñxs y jóvenes son considerados como menos importantes e inferiores a los adultos. Sin embargo, se les manipula y explota por medio de la publicidad.
El adultismo es la primera opresión que todas las personas sufrimos. Si enseñamos a lxs niñxs a someterse a los deseos e intereses de los adultos, cuando crezcan irán siendo víctimas de otros tipos de opresión y no tendrán la capacidad, las herramientas, la fuerza o el valor para oponerse. Si lxs adultxs le faltamos al respeto consistentemente a un/a niñx, esx niñx verá la falta de respeto como una parte natural de la vida. Pronto empezará a asumir que sus ideas no son dignas de atención para lxs adultxs y por lo tanto, son inservibles para la sociedad. La opresión, la falta de respeto y el maltrato desempoderan a nuestrxs niñxs, lxs alejan de su intuición y de escuchar sus propios sentimientos y necesidades, les restan confianza en sus pensamientos y en sus habilidades para actuar, y les restan disfrute en su vida. Una vez que una persona ha sido acostumbrada a la falta de respeto consistente (siendo ignorada, menospreciada, controlada, obligada a hacer cosas contra su voluntad), esa persona está lista para recibir otro tipo de opresión (como el racismo, el clasismo, el sexismo) sin oponerse o protestar (e incluso, a veces, sin ser consciente de ella), a someterse como mujer, indígena, trabajador, etc. O, por el contrario, a voltear la moneda y convertirse en opresor(a) de aquellxs en posiciones menos ventajosas.

En el próximo post escribiré algo más sobre adultismo y recomendaré uno de mis libros favoritos sobre el tema. Estén al pendiente.

martes, 8 de julio de 2008

Contra todas las formas de opresión

Una de las preocupaciones que tenemos Janice y yo como mujeres y, ahora, especialmente, como madres, es construir entre nosotras y con el mundo relaciones honestas, respetuosas y no autoritarias. Somos muy conscientes de las diferentes formas de opresión que existen en nuestra sociedad y tratamos en nuestro cotidiano de vivir oponiéndonos a ellas, sin recurrir ni participar de ellas y sin promoverlas. Con frecuencia hablamos con Gala –y entre nosotras- sobre el sexismo, el adultismo, el heterosexismo, el racismo, el clasismo, incluso el especismo, y le hacemos notar de qué manera las actitudes y decisiones de las personas afectan a otras, ya sea directa o indirectamente. Consumimos de manera responsable y consciente, procurando que lo que compramos no provenga del sufrimiento o la opresión de otrxs seres (humanxs y no humanxs).
Esto viene a colación porque me da mucho gusto haber encontrado en el Círculo de Familias Diversas a otras mujeres que coinciden con nosotras y educan a sus hijas e hijos de forma similar a como nosotras educamos a Gala. Hasta hace poco, nuestro contacto había sido sobre todo con familias bastante convencionales que no solamente estaban conformadas por personas heterosexuales, sino que, además, educaban a sus hijxs con total sometimiento a las convenciones y al sistema. Es más, baste decir que las críticas y cuestionamiento que recibíamos nunca se debieron al hecho de ser madres lesbianas, sino a otros aspectos de nuestro estilo de vida, como el ser vegetarianas, feministas, anti-escolarización, antiespecistas y antiautoritarias. Por esto, es que cada vez que nos reunimos en el Círculo y hablamos sobre nuestra manera de criar y educar a nuestrxs hijxs, me siento feliz de encontrar, por fin, gente con quien puedo platicar sin tener que estar defendiendo constantemente mi postura y justificando mis decisiones.
A lo largo de las semanas que siguen, iré subiendo al blog información y artículos sobre las prácticas de crianza consciente, respetuosa, pacífica y libertaria -no opresiva- que nosotras llevamos a cabo en nuestra familia. Aclaro que, por supuesto, no somos expertas, pero aclaro también que soy una lectora obsesiva y que en los cuatro años que Gala ha estado en mi vida he logrado reunir un acervo nada despreciable. Mucho del material que estaré compartiendo con ustedes será retomado de “Crianza en resistencia”, los programas de televisión por internet que realizamos Janice y yo el año pasado... Son bienvenidos sus comentarios, sugerencias y aportaciones.

lunes, 30 de junio de 2008

Volante que repartimos en la Marcha del Orgullo 2008

Publico a continuación el volante que elaboré para repartir durante la Marcha del Orgullo del sábado pasado, 28 de junio. Distribuimos alrededor de un millar de ellos. Aclaro que la información iba en recuadros separados, por lo cual ya puesta así en párrafos se lee inconexa. Aclaro también que el volante está dirigido a la "población en general" que normalmente no tiene mucho conocimiento sobre la homoparentalidad (ni siquiera sobre la homosexualidad y el lesbianismo), y traté sobre todo de incluir información que "contestara" las preguntas más comunes que nos han hecho amigxs, familiares y conocidxs, y que desmitificara algunos de los prejuicios que hemos detectado cuando hemos ido a programas de radio o mesas redondas.
Aquí va, pues:

CÍRCULO DE FAMILIAS DIVERSAS: Porque la discriminación, la injusticia y el odio no son valores familiares

  • Más de 30 estudios comparativos realizados en todo el mundo demuestran que lxs niñxs criados en familias homoparentales (con mamás lesbianas o papás gays) no presentan ninguna diferencia importante con respecto a lxs niñxs criados en familias tradicionales, en cuanto a desarrollo emocional, social e intelectual, desarrollo de su autoestima, desarrollo de su identidad de género y orientación sexual, adaptación psicológica, aprovechamiento académico, popularidad con otros niños, etc. Ningún estudio científico serio advierte alguna desventaja en el desarrollo de lxs hijxs de parejas del mismo sexo. Numerosas asociaciones profesionales -entre ellas, la Asociación Psiquiátrica Norteamericana y la Academia Nacional de Pediatría- se han declarado a favor de las uniones entre personas del mismo sexo y la adopción y crianza homoparentales, ya que está demostrado que las personas gays y lesbianas son perfectamente sanas y las parejas del mismo sexo pueden tener la suficiente madurez psicológica y emocional para criar hijxs y para proporcionarles el entorno “adecuado” para su correcto desarrollo, así como amor, respeto, protección y los cuidados necesarios.

  • Las únicas diferencias apreciables en los estudios han sido que lxs niñxs criadxs en familias homoparentales suelen ser más abiertxs, tolerantes y respetuosxs de las diferencias; aprenden roles de género más igualitarios, y reciben una mejor educación sexual, por lo que sus decisiones con respecto a su sexualidad son más responsables, libres y razonadas. Se ha visto que las hijas de madres lesbianas tienen una mayor autoestima y que los hijos de padres gay tienden a ser más serviciales y menos agresivos. Además, tanto madres lesbianas como padres gay pasan más tiempo con sus hijxs que padres y madres heterosexuales.

  • Debido a la falta de un marco jurídico que reconozca a nuestras familias, nuestrxs hijxs sólo llevan los apellidos de una de sus mamás (como si fuera madre soltera) y sólo la madre “legal” (biológica o adoptiva) puede otorgar beneficios y exigir derechos con respecto al niñx. Es decir, nuestrxs hijxs tienen dos mamás, pero solamente una goza de reconocimiento legal, ya que no existe un mecanismo jurídico que confiera a la madre “por opción” o “de facto” un estatus parental equitativo al de la progenitora biológica. Ante la ley, el/la niñx y su madre de facto son extrañxs, aunque ella lx críe, eduque y mantenga a la par que la otra mamá. La madre de facto no cuenta con ninguno de los derechos y protecciones que la ley otorga a lxs progenitorxs, y el/la niñx tiene menos protección jurídica que lxs hijxs de familias tradicionales. Esto nos perjudica de muchas maneras y nos obliga a recurrir a estrategias legales para proteger a nuestras familias y darle a nuestrxs hijxs sucedáneos de los derechos que lxs hijxs de familias tradicionales tienen por default. Necesitamos que se cree la figura de la “parentalidad compartida” para dar a la madre de facto derechos y responsabilida-des sobre sus hijxs y a éstxs, la protección de dos madres legalmente reconocidas. Es urgente que se legisle para terminar con la discriminación y exclusión institucionales de que somos objeto y para dar a nuestras familias el reconocimiento y la protección jurídica que, como familias, merecen. No queremos privilegios ni derechos especiales, únicamente exigimos los mismos derechos, libertades y responsabilidades de que gozan lxs heterosexuales. Es injusto negar a unas familias los derechos que otras disfrutan.

  • Las nociones de familia y matrimonio no son universales, estáticas ni naturales, sino culturales: varían de un lugar a otro y a través del tiempo. Defender un concepto de familia rígido y anacrónico está dejando sin “familia” a muchxs niñxs. La norma jurídica debe adecuarse a la nueva realidad social y la Constitución debe actualizarse para terminar con la discriminación hacia nosotrxs y nuestras familias.

  • Las personas LGBT y nuestras familias necesitamos y deseamos básicamente lo mismo que todas las demás personas: comida, aire, agua limpia, libertad, seguridad, posibilidad de ganarnos la vida de manera honesta, y no tener miedo a ser perseguidos, humillados, ni a ser víctimas de la violencia ni la discriminación. Como madres lesbianas y padres gays, deseamos el bienestar y la felicidad de nuestrxs hijxs. La lucha por la igualdad y los derechos de las personas LGBT y sus familias debe ser peleada no sólo por lxs miembrxs de la comunidad LGBT, sino por todxs aquellxs que busquen vivir en una sociedad verdaderamente justa, libre, equitativa y solidaria. A nadie se le debe negar el derecho de vivir con plenitud como ser humano por su identidad y expresión de género u orientación sexual.

  • ¿Cierto o falso?
No hay familias homoparentales. FALSO. Existen por lo menos un millón de estas familias en México.
Lxs hijxs de parejas gays o lesbianas se “convertirán” en homosexuales. FALSO. Esta afirmación, además de que no tiene lógica (ya que la mayoría de gays y lesbianas crecimos en hogares heterosexuales), refleja el prejuicio ideológico de que ser heterosexual es preferible a ser gay o lesbiana. Ningún estudio ha mostrado mayor proporción de homosexualidad entre los niños criados en familias homoparentales que entre los niños criados en familias “convencionales”.
Las personas homosexuales abusan de los niños. FALSO. El 90% de los abusos sexuales de menores lo cometen varones heterosexuales. En tres de cada cuatro casos de abuso a niños varones, el abusador tenía una relación heterosexual con la madre u otra pariente del sexo femenino.
La homoparentalidad acabará con los “valores” de la familia. FALSO. Las familias homoparentales no vivimos en un ambiente de inmoralidad ni de falta de valores; por el contrario, enseñamos a nuestrxs hijxs el respeto a la diversidad, el amor, la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad. Quienes están en contra de nuestras familias no aclaran cuáles son sus valores, y lo que promueven con su actitud es odio, intolerancia, discriminación e inequidad y desigualdad social y jurídica.

  • “Es el momento de seguir defendiendo la Sociedad del Arco Iris: una sociedad abierta, plural, mestiza, donde quepamos todos y todas sin excepción.” - Pedro Zerolo