martes, 22 de julio de 2008

Adultismo, segunda parte

Sigo con el tema del adultismo, pero antes quiero comentar el por qué escribo sobre esto en un blog sobre diversidad familiar. Como madres, uno de las cuestiones más importantes para nosotras es la crianza de nuestra hija y, especialmente como madres de una niñA y como familia no convencional, nos interesa empoderarla y darle las herramientas para oponerse y enfrentarse a la discriminación y exclusión que inevitablemente vivirá en algún momento. Janice y yo coincidimos con que “lo personal es político”, y estamos convencidas de que la crianza y educación de lxs niñxs tienen implicaciones políticas muy importantes. Una de las estrategias que hemos encontrado para enseñarle a no someterse es, justamente, no someterla. Y es aquí cuando entra en juego esto del adultismo.

Quiero compartir con ustedes algunos fragmentos que retomé y adapté (ligeramente) del libro Bésame Mucho, de Carlos González. La idea es ejemplificar y darnos cuenta de cómo usamos parámetros diferentes para nosotrxs –lxs adultxs- y para lxs niñxs:

Imagina que estás con tu pareja sentada en un café y que se acerca una persona desconocida, te saluda y te dice un par de tonterías sobre el clima, y a continuación se sienta a la mesa y se pone a hablar con tu pareja. Durante dos horas, esa persona y tu pareja se miran a los ojos y hablan de sus cosas, sin dedicarte una palabra ni una mirada. ¿Cómo te sentirías? No importa si la persona en cuestión es guapísima o más bien “sin chiste”. Puedo asegurar que te sentirías, por lo menos, «excluida» o «ignorada» y el comportamiento de tu pareja te parecería, por lo menos, grosero. En cambio, cuando somos nosotrxs quienes le hacemos eso a nuestrxs niñxs, esperamos que se “comporten”, que sean “pacientes” y “tolerantes” y que “no molesten” y nos dejen platicar a gusto. No importa si se los hacemos realemente durante dos horas o durante unos cuantos minutos, el tiempo es relativo y lxs niñxs lo perciben diferente.

Otro:

Jaime se considera un buen esposo y un padre tolerante, pero hay cosas que le hacen perder los estribos. Sonia tiene un carácter difícil, nunca obedece y encima es respondona. Se «olvida» de hacer la cama, aunque se lo recuerdes veinte veces. Es caprichosa con la comida; las cosas que no le gustan, ni las prueba. Cuando le apagas la tele, la vuelve a encender sin siquiera mirarte. Te saca dinero de la cartera, ni siquiera se molesta en pedirlo por favor. Interrumpe constantemente las conversaciones. Cuando se enfada (lo que ocurre con frecuencia), se pone a llorar y se va corriendo a su habitación dando un portazo. A veces se encierra en el cuarto de baño; en esos momentos, ningún razonamiento consigue tranquilizarla. De hecho, una vez Jaime tuvo que abrir la puerta del baño a patadas. Pero lo que realmente saca a Jaime de quicio es que le falte al respeto. Anoche, por ejemplo, Sonia cogió unos papeles del escritorio para dibujar algo. «Te he dicho que no cojas los papeles del escritorio sin pedir permiso», le dijo Jaime. «¿Pero qué te has creído? ¡Yo cojo los papeles que me da la gana!», respondió Sonia. Jaime le pegó un bofetón, gritando: «¡No me hables así. Pide perdón ahora mismo!»; pero Sonia, lejos de reconocer su falta, le plantó cara con todo desparpajo: «¡Pide perdón tú!» Jaime le volvió a dar un bofetón, y entonces ella le gritó un insulto y salió corriendo. Jaime tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para contenerse y no seguirla. En estos casos es mejor calmarse y contar lentamente hasta diez. Por supuesto, Sonia estará castigada en casa todo el fin de semana.
Hasta aquí la historia. Supongamos ahora que Sonia tiene siete años y Jaime es su padre. ¿Qué opinas? ¿No te parece que en una situación así cualquiera puede perder la paciencia y que la reacción agresiva de Jaime podría justificarse? ¿Se podría denunciar a este padre ante el DIF por pegar una bofetada a una niña que, por cierto, se lo tenía bien merecido? Tal vez incluso estés pensando que una niña nunca habría llegado a ser tan desobediente y respondona si le hubieran dado una buena bofetada hace tiempo. Esta situación parece típica de niños malcriados por padres permisivos que no saben establecer límites claros, que no imponen la necesaria disciplina.
¿Y si yo te dijera que Sonia tiene en realidad diecisiete años y que Jaime es su padre? ¿Cambia eso algo? Repasa la historia a la luz de este nuevo dato. ¿Te parece tal vez que es demasiado grande para pegarle, para apagarle la tele o para hacerle pedir permiso antes de coger una simple hoja de papel? ¿Te parece adecuado que un padre abra a patadas la puerta del baño donde está su hija de diecisiete años? ¿Empiezas tal vez a sospechar que se trata de un padre obsesivo, tiránico y violento, y que la respuesta de su hija es lógica y comprensible?
Y si es así, ¿por qué esta diferencia? Reflexiona unos momentos sobre los criterios que has usado para juzgar a este padre y a esta hija. ¿Están lxs niñxs pequeñxs más obligadxs que lxs adolescentes a respetar las cosas de lxs mayores, a recordar y cumplir las órdenes, a obedecer sonrientes y sin rechistar, a hablar con amabilidad y respeto aunque por dentro estén enfadados, a mantener la calma y no llorar ni dar escenas? ¿Son más perjudiciales los gritos y los golpes para el/la adolescente que para el/la niñx pequeñx?
Pero todavía queda una posibilidad aún más inquietante. ¿Y si yo te digo ahora que Sonia tiene veintisiete años y que Jaime es su marido? (No, no estoy haciendo trampa. Vuelve a leer la historia: en ningún momento había escrito que Sonia fuera la hija.) ¿Te parece normal que un marido le apague la tele a su esposa «porque ya has visto suficiente», que le ordene hacer la cama, que la obligue a comérselo todo, que le prohíba tomar un papel o que le pegue una bofetada? ¿Sigues pensando que Jaime es un buen marido, pero que el carácter difícil de Sonia le hace perder a veces los estribos? ¿Acaso no es un derecho y un deber de cualquier marido corregir a su esposa y moldear su carácter, recurriendo si es preciso al castigo? ¿Acaso no juró ella, ante Dios y ante los hombres, respetar y obedecer a su marido? ¿Ha de intervenir el Estado en un asunto estrictamente privado?
¿Por qué al leer por vez primera la historia de Jaime y Sonia pensaste que Sonia era una niña? Pues precisamente porque Jaime le gritaba y le pegaba. Inconscientemente, has pensado: «Si la trata así, debe ser su hija. » No se nos ocurre que se pueda tratar así a un(a) adultx, lo mismo que al leer las palabras «ataque racista» en un titular, no se nos ocurre pensar que las víctimas puedan ser suecas.

Y el último, sobre esta cuestión que nos preocupa tanto a las mamás y papás, de enseñar a nuestrxs hijxs a “compartir”:

Isabel, no llega a dos años, juega en el parque con su cubeta, su palita y su pelota, bajo la atenta y cariñosa mirada de mamá. Claro, como le faltan manos, en ese momento sólo la pala está bajo su posesión directa, y la cubeta y la pelota yacen a cierta distancia. Se acerca un niño desconocido, más o menos del mismo tamaño, se sienta al lado de Isabel y sin mediar palabra agarra la pelota. Isabel llevaba diez minutos sin hacer ningún caso de la pelota, y en un principio sigue tan tranquila dando golpes en el suelo con su pala. ¿Tan tranquila? Un/a observador/a atentx habrá notado que los golpes son un poco más fuertes, y que Isabel vigila la pelota por el rabillo del ojo. El recién llegado, por su parte, parece plenamente consciente de que pisa terreno resbaladizo; aparta la pelota, observa el efecto, la vuelve a acercar... Para que no haya lugar a malentendidos, Isabel advierte: «¡É mía!»; y al poco se cree obligada a especificar: «¡Pelota é mía!» El intruso, que aparentemente todavía no domina las frases de tres palabras (o tal vez, simplemente, prefiere no comprometerse), se limita a repetir: «¡Pelota, peloooota, pota!» Temerosa sin duda de que estas palabras equivalgan a una reclamación de propiedad, Isabel decide recuperar la plena posesión de su pelotita verde. El intruso no ofrece demasiada resistencia, pero en un descuido logra quedarse con la cubeta. Isabel juega unos minutos, satisfecha con la pelota recién recuperada, pero de pronto parece inquieta. ¿Y la cubeta? ¡Pero a dónde vamos a llegar!
Y así podemos pasar media tarde. Unas veces, Isabel cederá de buen grado, durante unos minutos, el disfrute de alguna de sus posesiones. Otras veces lo tolerará de mal grado. Otras no lo tolerará en absoluto. En ocasiones, ella misma ofrecerá al otro niño su propia pala a cambio de su propia cubeta. Puede haber algunos llantos y gritos por ambas partes; pero, en todo caso, es probable que su nuevo «amigo» consiga bastantes minutos de juego relativamente pacífico.
Es muy posible también que ambas madres intervengan. Y aquí se produce un hecho muy extraño: en vez de defender como una leona a su cría, cada madre se pone de parte del/a otrx niñx. «Isabel, déjale la pala a este niño.» «Vamos, Pedrito, devuélvele a esta niña su pala.» En el mejor de los casos, la cosa quedará en suaves exhortaciones; pero no pocas veces las madres compiten en una loca carrera de generosidad (¡qué fácil es ser generoso con la pala de otro!): «¡Ya está bien, Isabel, si te vas a portar así, mamá se enfada!» «¡Pedrito, pide perdón ahora mismo, o nos vamos!» «¡Déjelo, señora, que juegue, que juegue con la pala! Es que esta niña es una egoísta...» «¡Uy, pues el mío es tremendo! Tengo que estar todo el día detrás, porque siempre está quitándoles las cosas a otros niños...» Y así acaban los dos castigados, como pequeños países en conflicto que podrían haber llegado fácilmente a un acuerdo amistoso si no hubieran intervenido las dos superpotencias.
Escenas como ésta, mil veces repetidas, hacen que a veces consideremos egoístas a nuestros hijos. Nosotros compartiríamos sin dudarlo una pala de plástico y una pelota de goma. Pero, ¿realmente somos más generosos que ellos, o es que los juguetes nos tienen sin cuidado?
Es preciso poner las cosas en perspectiva. Imagina que eres tú la que está sentada en un banco del parque escuchando música. A tu lado, sobre el banco, está tu bolso sobre un periódico doblado. En esto se acerca un desconocido, se sienta a tu lado y sin mediar palabra se pone a leer tu periódico. Poco después deja el periódico (¡abierto y tirado por el suelo!), coge tu bolso, lo abre, examina su interior... ¿Sabrías compartir? ¿Cuánto tardarías en decirle cuatro cosas al desconocido, o en agarrar el bolso y salir corriendo? Si ves pasar a lo lejos a un policía, ¿no le llamarías? Imagina ahora que el policía se acerca y te dice:
—Ya está bien, déjale el bolso a este señor, o me enfado. Usted perdone, caballero, es que esta mujer todavía no sabe compartir... ¿Le gusta el teléfono móvil? Llame, llame a donde quiera... ¡Tú calla, mujer, como sigas protestando vas a ver!
Nuestra disposición a compartir depende de tres factores: qué prestarnos, a quién y durante cuánto tiempo. A un/a compañerx de trabajo le podemos prestar un libro durante semanas, pero nos molesta que un/a desconocidx nos toque el periódico sin pedir permiso. Sólo a un/a amiga del alma o a un/a pariente le prestaríamos nuestro coche para ir a dar una vuelta. Un niño pequeño tiene pocas posesiones, y una cubeta, una pala o una pelota son tan importantes para él como para nosotros un bolso, una computadora o un celular. El tiempo se le hace largo, y prestar un juguete durante unos minutos le resulta tan difícil como a su p/madre prestar el coche durante unos días. Y también distingue entre amigxs y desconocidxs, aunque no nos demos cuenta. Desde el punto de vista de un adulto, cualquier niñx de dos años, indefensx y desvalidx, es un/a «amiguitx». Pero cuando mides menos de un metro, un/a niñx de dos años es un/a desconocidx, y puede que incluso un/a «individux con sospechosas intenciones».

Resulta claro con ejemplos como éstos, que tenemos parámetros diferentes en nuestras sociedad para lxs adultxs y para lxs niños. Nuestra sociedad no trata a los niños con el mismo respeto que a lxs adultxs, y considera sus opiniones, sus intereses, sus sentimientos y sus deseos tan válidos o tan importantes como los de lxs adultxs. Uno de los aspectos en que esto es más claro es en el caso de la violencia, física y psicológica. La mayoría de nosotrxs tenemos posturas muy claras sobre la violencia, y estamos en contra de los golpes hacia las mujeres y de la tortura en las prisiones. Sin embargo, muchas personas (e incluso muchos libros de “crianza”) siguen sosteniendo la postura de “una bofetada a tiempo...”, e incluso he leído capítulos enteros dedicados a la importante cuestión de “cómo decidir cuándo es oportuno castigar (léase golpear, encerrar, ignorar, etc.) al/a niñx”. Cuando se trata de lxs niñxs, como sociedad toleramos dosis increíbles de violencia y, en muchas ocasiones, la ejercemos, justificándonos con frases como: “es por su bien”, “no me pude contener, me sacó de quicio”, o incluso “a mí me duele más que al/la niñx”.

El adultismo es algo tan enraizado en nuestro inconsciente que, así como la “homo/lesbofobia internalizada”, también existe el “adultismo internalizado”, en el cual lxs niñxs y jóvenes mismxs dan más importancia a lxs adultxs, dudan de su propio valor, conocimientos y habilidades y, claro, discriminan a otrxs niñxs y jóvenes.

El término “adultismo” (adultism) fue acuñado y definido por Jack Flasher en 1978. Flasher identificó más de 30 varias creencias y comportamientos “adultistas” muy comunes. Entre ellos:
· Considerar como capricho, “mal comportamiento”, “malcriamiento” o “teatro” conductas, comportamientos o actitudes del/a niñx que aceptaríamos como normales y legítimas si las realizara un/a adultx.
· Poner etiquetas y/o estereotipar negativamente a lxs niñxs y jóvenes: decir que lxs niñxs son crueles, manipuladores, egoístas, etc.
· Considerar triviales las creencias, perspectivas o sentimientos de lxs niñxs. No tomarlos en serio o ignorarlxs.
· No incluir a lxs niñxs y jóvenes en las decisiones de la casa, de la escuela, de la comunidad, de la ciudad, etc. aunque se trate de decisiones los afecten directamente.
· Negar sus derechos o subordinarlos a los de lxs adultxs.
· Sermonearlos, darles órdenes, decirles cómo hacer las cosas.
· Invadir su intimidad o privacidad corporal (dándoles palmaditas, pellizcos de cachete, obligándolxs a dar besos, etc.)
· Darle prioridad al trabajo, necesidades e intereses del/a adultx sobre el juego, las necesidades e intereses del/a niñx.
· Invadir sus espacios, sus posesiones.
· Imponerles nuestros intereses.
· Hablar sobre lxs niñxs enfrente de ellxs como si no estuvieran presentes.
· No escucharlos y prestarles la misma atención con la que escucharíamos a un/a adultx.
· Negarles el acceso a la información, restringírselo, o darles información equivocada, con la creencia de que son inmaduros o incapaces de entenderla o usarla “apropiadamente”.
· Impedir su autonomía, independencia y empoderamiento individual o colectivo.
· Traicionar la confianza de lxs niñxs (por ejemplo, contando sus intimidades y secretos).
· Faltarles al respeto (de la manera que sea).
· Obligarles a hacer cosas que no desean.
· Criticar sus elecciones (en cuanto a ropa, por ejemplo) y su apariencia.
· Desconfiar de ellos sólo por ser niñxs o jóvenes
· Mediante el paternalismo: creer que los niños son vulnerables, dependientes, débiles, necesitados de protección y control, y que necesitan que lxs adultos tomen decisiones por ellxs “por su propio bien”.
· Pensar que nuestra obligación como mamás/papás es “domesticarlxs”, “socializarlos”, etc. para hacerlxs “personas de provecho”.
· Pensar que necesitan castigos para aprender, que sólo entienden con gritos y golpes, etc.
·Hacer comentarios como:
§ “Si hasta parece adulta!”
§ “¿Cuando crecerás?”
§ “No lo toques, lo vas a romper.”
§ “¿Quién va a saber más, un/a niñx o yo (adultx)?.”
§ “Mientras estés en mi casa y yo te mantenga, lo harás a mi manera.”
§ “No entiende nada.” (sobre un bebé)
§ “Ya estás muy grande para eso.” o “No estás lo suficientemente grande para eso.”
§ “Tú qué sabes, no has vivido nada.”
§ “Es solo una etapa, ya se le pasará.”

Bueno, y como ya me quedó muy largo este post, dejo el resto de la nota sobre adultismo para la semana que viene, donde abordaré algunas maneras de combatir nuestro propio adultismo y de educar a nuestrxs hijxs sin oprimirlxs ni discriminarlxs.

Espero sus comentarios...

1 comentario:

Ana de Alejandro dijo...

Sí te dejo comentarios, pero autorízalos :P
No te creas!
La verdad es que esto de "adultismo" me tiene impactada! Jamás, JAMÁS me lo habría imaginado. No lo había pensado, no se me hubiera ocurrido. Depronto me cayó un veinte enoooorme y todo me hizo click en la cabeza! La verdad es que gracias a estos dos artículos que has escrito, siento (y no es choro, lo juro!) que mi relación con Diego ha mejorado muchísimo! Te acuerdas que ese día en su casa les decía que con "batallaba más porque era más necio" jamás se me había ocurrido que yo no soy quién para socializarlo, él YA ES un ser social y decide como relacionarse con lo que le rodea. Me encanta esto. Sin embargo, no puedo negar que me dan miedo muchas cosas. Han sido 30 años de creer a pie juntillas que los adultos tienen el derecho de establecer "los límites."
Y tengo otra pregunta, qué pasa cuando las necesidades de ambas partes son incompatibles? (ya te agarré de psicóloga!) O sea, qué pasa si su necesidad de que lo acompañe hasta que se duerma es incompatible con mi necesidad de salir coriendo porque tengo que llegar a tiempo a tal lugar, cómo se logra negociar esto?
Qué fuerte!
Publica más seguido, este blog me encanta!